Mientras termina el día /Cuento de Agustín Cortés Gaviño

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Agustín Cortés Gaviño (+),

Fundador del grupo

y la revista Xilote original, allá por 1967.

Mientras termina el día/ Agustín Cortés Gaviño/ in memoriam

La lonchería estaba llena a esas horas. Me había sentado frente a una mesa desde donde podía vigilar tanto el local como la calle. Unas pocas mesas a la izquierda, el hombre del cabello gris masticaba lentamente la torta de pierna que había pedido unos minutos antes, de cuando en vez me miraba de refilón cada que levantaba la botella de refresco para darle unos tragos. Yo me hacía el desentendido haciendo como que comía mi torta de queso de puerco, aunque en realidad sólo le había dado unos mordiscos. Hacía calor

– Capi, le tengo una chamba- Había dicho Rigo, tres semanas antes, desde atrás de los bigotes de aguacero. – ¿Cómo de qué, Rigo?

– Como de algo que no le va a costar trabajo realizar- La alusión a mi pierna muerta había sido obvia aunque discreta. Esa mañana también hacía calor.

– Bueno, explícate- le pedí, porque necesitaba una chamba extra, ya que lo de la pensión cada vez me alcanzaba para menos.

– Mitre, la cosa es muy sencilla- respondió bajando la voz y volteando con cuidado para todos lados, asegurándose que nadie, en el café en que me había citado, pudiese escucharlo-. Se trata nada más de que vigile un lugar donde sospechamos de que llega “fayuca”.

– ¿Droga?

– No, videos, teles, radios, madres de esas.

– ¿ Dónde? – Por Alemán, cerca del descargue Estrella.

El hombre del cabello gris había comprado el Noticias a un chavito que llegó a ofrecer el periódico y ahora aparentaba leerlo detenidamente. yo había hecho lo mismo más por tener en qué entretenerme que por que me interesara leer algo de aquel vespertino tan  aburrido que sólo se vendía por sus fotos de primera plana con vedettes  semidesnudas y alguna nota local espectacular. Dudaba de que el hombre no se hubiese dado cuenta de mi vigilancia. En las últimas semanas había rondado por ahí – mañana, tarde y noche y me había cruzado con él no menos de diez veces.

El caso para mi estaba resuelto,  los sábados, una camioneta verde dejaba buena cantidad  de mercancía en aquella  bodega de la Miguel Alemán que parecía ser propiedad del hombre del cabello gris, del que también sabía que vivía por el rumbo de la bodega y nadie sabía su nombre completo y todos lo conocían sólo por Don Pepe.

-¿Y que averiguar? – pregunté a Rigo, aceptando con eso tácitamente el trabajo.

-Nomás si es cierto o no, de lo demás nos encargamos nosotros.

– Suena muy sencillo ¿por qué alguno de ustedes no lo averigua?

– Por hacerle un favor, Capi -Respondió Rigo con una cínica sonrisa.

– No me chingues Rigo. La policía no hace favores así como así. ¿Qué hay de fondo? Sabes que no soy preguntón pero quiero saber en que me meto.

Mi primer movimiento fue reconocer el lugar para ubicar desde donde hacer la vigilancia sin despertar sospechas, así que me pasé un rato por la Alemán, di vueltas por el descargue Estrella y el mercado Aldama, que todos en León conocen como el Mercado de La Soledad. esta zona es el pequeño zoco  leonés, donde se negocia de todo, desde papas hasta refacciones automotrices pasando por zapatos, y por la tarde y noche paseo de putas populares, por lo general el lugar está conformado por toda clase de comercios, puestos de vendedores ambulantes y hoteluchos mortuorios. La bodega que debía vigilar estaba a un par de cuadras del descargue Estrella, por la alemán, a donde llegan las frutas y verduras que luego expenden los pequeños comerciantes. Establecí mis puntos de vigilancia para usarlos según la hora y discretamente me acerqué al lugar.

Era una bodega como cualquier otra, cajas de diversos productos agrícolas se acumulaban en el interior, un espacio de veinte por veinte. A la entrada había una mesa sobre la cual un hombre escribía algo en una libreta, posiblemente un registro de compras y ventas, apenas se levantó la vista cuando me detuve frente a él por unos segundos, fingiendo que buscaba una dirección.

-Está bien, Capi, no se encabrone. Mire, la cosa es que se sospecha que atrás de esto andan algunos gallones y si se enteran que andamos metiendo las narices van a ir muy arriba con la queja y nos puede ir mal a algunos de los que andamos abajo ¿me explico? – dijo Rigo con franqueza- Por eso -siguió- necesitamos que alguien de afueras nos confirme que andamos por buen camino. Palabra que es la verdad Capi.

– De acuerdo Rigo, le entro.

El hombre del cabello gris continuaba leyendo y masticando despreocupadamente, el aire caliente del verano inundaba el local y afuera el sol de las dos de la tarde se desplomaba inclemente. Sin ser el calor norteño, el de León es pesado. Un perro olisqueaba por entre las mesas de la lonchería. Esa tarde entregaría a Rigo los resultados de mis pesquisas y le diría adiós a un caso que ya me fastidiaba por monótono y aburrido, que de ello se encargaran los demás, para eso les pagaban. Con las manos acomodé la pierna yerta en una  de las sillas que tenía cercanas. Un chavo que comía también una torta y bebía una cerveza, de pie frente al mostrador donde trabajaba el tortero, fue hasta la sinfonóla y la peculiar voz de “Chico Che” se desplazó por todo el local  “¿ Dónde te agarró el temblor? En casa de Catalina…”

Durante los primeros días no noté nada extraño en torno a la bodega. El normal movimiento de carga y descarga en un negocio  como ese. El hombre del cabello gris se aparecía por ahí como a las once y desaparecía como a las seis. A veces comía cualquier cosa en la lonchería en que ahora estábamos, a veces simplemente se iba.

Aparentando que buscaba  un local para poner un negocio hice un día una plática a un comerciante del rumbo.

– No pos, por aquí está difícil. Si alguno se desocupa luego luego se vuelve a ocupar, se los pelean y eso que andan muy caros.

– Es buena zona  ¿no? A mi me gustaría un lugar como como ese – señalé la bodega- ¿ de quién es?

– De Don Pepe. Pero ese no la suelta por nada, es grande.

– ¿Don Pepe qué? – Sabe, por aquí sólo lo conocemos por Don Pepe, no se lleva con nadie de por acá.

– ¿Sabe donde vive?  Digo, si se puede saber, nada más para echarle una tiradita, a lo mejor se anima.

– Yo sólo se que vive por Coecillo, no le digo que no se lleva con nadie.

Platique, como no queriendo la cosa, con otros comerciantes, pero el resultado siempre fue el mismo.  El nombre y el domicilio de Don Pepe eran un misterio en la zona.

La verdad era que había descubierto el trafique por pura curiosidad el segundo sábado de vigilancia, pues el primero me había hartado, lego de comer, de que no pasara absolutamente nada y me había largado a tomar unas cervezas con unos amigos. El segundo estaba a punto de hacer lo mismo pero,  cuando me iba, me llamó la atención una camioneta verde estacionada frente a la bodega. Me coloqué discretamente en la contraesquina y esperé. Una media hora después salieron del local un par de individuos a los que nunca había visto antes, -ya estaba familiarizando con los rostros habituales de los que entregaban mercancía en esa bodega- quienes comenzaron a bajar cajas de distintos tamaños de la camioneta y las introducían al local. Hubiera sido demasiado riesgoso acercarse, así que decidí regresar al día siguiente para ver que pasaba con las cajas.

El domingo era demasiado complicado vigilar, porque ese día el trafico de personas y vehículos se reduce considerablemente, así que me coloqué en el mismo lugar del día anterior. no esperé mucho, como a aquello de las once de la mañana aparecieron dos lujosas guayines con vidrios polarizados y los mismos dos individuos del día anterior subieron en ellas  las cajas y se fueron. El hombre del cabello gris no apareció por ninguna parte.

– Creo que ya tengo algo – le dije a Rigo la siguiente vez que lo vi-  sólo que hay que estar seguros.

-¿Qué fue Capi?

Le conté lo de la camioneta, las cajas y las guayines del domingo.

– Mucho Capi – dijo con satisfacción- pero sólo con eso non podemos hacer nada, necesitamos datos más precisos.

– Lo sé, quizá el próximo fin de semana los consiga. Mientras averigüeme a nombre de quién está esa bodega.

-Eso ya lo sabemos.

-¿De quién? – De  un tal Alvaro Camarena, comerciante que vive en Guadalajara y que le renta a una señora que tiene una tienda de abarrotes en el mercado República. Los datos me sorprendieron.

-¿Que no le renta un tal Don Pepe? – pregunté.

– No sé, por el rumbo del marcado nadie sabe su nombre completo ni su domicilio.

– Ya se chingó la cosa – Dijo Rigo- ya sabe como es eso, luego subarriendan sin contrato, así que por ahí no podemos hacer nada porque la doña esa de seguro no tiene ningún papel. Así que todo tiene que ser en vivo y en directo. Ni modo Capi.

Al sábado siguiente repetí la operación de vigilancia pero esta vez decidí arriesgar algo más, así que cuando estaban bajando las cajas fingiéndome borracho me acerqué tambaleante hasta la puerta del local y justo frente a la entrada me introduje dos dedos y vomité. la operación funcionó, pues en esos momentos conseguí mirar al interior de la bodega y sorprender al hombre del cabello gris y a otro fulano que tampoco conocía revisando un televisor, algunas videocaseteras estaban sobre la mesita que normalmente ponía en la puerta para controlar la entrada y salida de mercancía.

– Pinche borracho, sáquese de aquí – exclamó uno de los hombres que bajaba las cajas. Se la menté con el brazo.

– ¡ La tuya güey! – me respondió y se introdujo con todo y caja. El hombre del cabello gris miró hacia la puerta y nuestros ojos se  encontraron por unos segundos.

El domingo, decidido a concluir el caso, me aposté en el lugar de costumbre, pero ahora a bordo de un Topaz automático que Rigo me consiguió de prestado. No tenía coche, no tanto porque no tuviera dinero sino porque manejar me resultaba una operación complicada debido a la pinche pierna, aunque con un automático podría hacerlo con cierta soltura.

Más o menos a la misma hora de la semana anterior aparecieron las dos guayines, las cargaron con las cajas y arrancaron. Las fui siguiendo con toda discreción. Enfilaron por el López Mateos, dieron vuelta en Paseo de los Insurgentes y luego se adentraron en los rumbos elegantes. Se detuvieron frente a una amplia y lujosa residencia,  hicieron sonar los cláxonses, apareció una sirvienta que abrió la puerta de la cochera y las dos camionetas se introdujeron en un amplio jardín,  según alcancé a notar desde el legar en que me estacionaba. No había duda, el asunto estaba resuelto en lo que a mí competía. Anoté todos los datos y regresé al centro para citar a Rigo y pasarle información.

– Buenas- El saludo me sorprendió pues me había abstraído intentando resolver el crucigrama del periódico. El hombre del cabello gris estaba de pie frente a mi sonriendo.

-¿Puedo sentarme? -preguntó sin darme tiempo a reaccionar.

-Puede- respondí tratando de recobrar el aplomo.

El hombre del cabello gris se sentó a un lado de la silla en que había puesto mi pierna.

– Me va a disculpar porque tengo que ir al baño- reaccioné pensando en llamar a Rigo por si todavía no había salido a la cita que habíamos hecho.

– Mejor aguantese tantito. mNo lo voy a entretener mucho- dijo sin dejar desonreír el hombre del cabello gris.

– Si no tardo -repuse-

-Mejor quédese yo sé lo que le digo – volvió a decir mientras discretamente sacó parte de la mano tenía en una bolsa de la chamarra y en la que empuñaba una treinta y ocho.

– ¿De qué se trata? ¿Un asalto? – finjí ingenuídad-

-No se haga,  sabe muy bien de lo que se trata, -dijo con un tonito en que pude distinguir el acento norteño. De Juarez tal vez.

– No entiendo, creo que me confunde.

– Si no le va a doler, vamos a estar juntos un rato.  Luego me voy yo y se va usted by todos contentos-

– Pero si yo no sé ni quien es usted ¿qué carajos puede tener contra mi?

– Es cierto, usted no sabe quien soy yo, más le vale, pero nosotros si sabes quien es usted. Ex-policía, retirado porque en una balacera con narcos le jodieron la pierna izquierda, respetado por los que fueron sus compañeros que de vez en vez le encargan trabajitos como éste porque es abusado, tiene olfato, y le hace al detective privado porque no quiere sentirse inútil. Es soltero, no es pobre, la lana no le falta aquí y de acá pero, le digo, quiere mantenerse activo. Ya ve ¿me equivoqué en algo… Capi?

Lo miraba sorprendido, ¿de dónde carambas sacó toda la información? Buenos conectes ha de tener, y ¿quienes serán nosotros?

– Tenemos …digamos… relaciones, – continúo como si adivinara el pensamiento- relaciones mucho más allá de donde usted pueda llegar, y se lo digo para que no quiera hacerle al héroe. Por un rato que estemos aquí platicando no le va a pasar nada, total su amigo no vendrá hasta las tres ¿ve como sabemos todo?

– Si tanto sabe ¿que más le da que me levante un momento?

– No le haga de tos loco ¿que gana? A nosotros no nos tocan pero a usted quien sabe.

Y mientras decía esto pude observar que la camioneta verde estaba ya estacionada frente a la bodega y los dos hombres del fin de semana la estaban cargando. Entendí lo de la platicada, era para que en esos momentos vaciaran el local y desaparecieran sin dejar rastro. Nada podía hacer ya tenían todas las cartas. El hombre del cabello gris siguió hablando.

– Nosotros no asaltamos ni matamos, somos simplemente comerciantes. Traemos objetos que mucha gente compra, eso es todo. si no pagamos impuestos repartimos aquí y allá. Si los impuestos sirven en parte es para pagar sueldos bde algunas personas y todos tranquilos no le parece.

– Si detectaron mis movimientos ¿porque no me pararon antes?

– ¿Para qué? si por mi fuera hubiera seguido todo igual, pero cuando siguió a las guayines algunos se asustaron, pinches apretados, se culean  con cualquier cosa…

– Pero la policía… – intenté intervenir.

– La policía, ¿qué carajos nos puede hacer? ¿No le estoy diciendo que andamos muy arriba? Lo que los asustó fue que alguno quisiera hacerse el héroe y les raspara el prestigio social ¿no se a cuenta, loco, la clase de gente que anda en eso.

– Si me doy cuenta – le respondí francamente derrotado.

Escuche que se encendía y un acelerón, no necesitaba voltear para mirar alejarse a la camioneta verde y con ella la solución sin solución del caso.

– Ya ve como no dolió – dijo el hombre del cabello gris mientras se levantaba de su asiento- ahora puede pedir otra torta y esperar tranquilamente a su amigo. Puede contarle todo, es posible que el sepa menos que usted. Ni modo, loco, así son las cosas – guiñó un ojo y levantó los hombros, luego se fue. No pretendí siquiera seguirlo con la mirada, ¿para qué? En unas horas estarían muy lejos de León, la bodega estaría vacía, la casa elegante que detecté, desocupada y lista para su ventao sus propietarios podrían probar fácilmente que andaban de vacaciones, pero nadie se los iba a preguntar.

La sinfonóla dejaba oír el tono meloso de Los Bukis con alguno de sus inexplicables éxitos, tan inexplicable como lo que acaba de ocurrir ¿o tan explicable? ¿Rigo llegaría en unos momentos y yo le contaría todo y el quizá respondería desde los bigotes de aguacero . ” nos chingaron Capi, así es la vida” y después no iríamos a emborrachar por ahí para olvidar nuestras jodiendas.

dos chavos bromean, albureándose,  mientras comen tortas. El tortero da una patada a un perro flaco que había llegado a husmear. Por la Alemán el tráfico se aprieta y pasa gente sin tregua, sin destino fijo, quizá, o en busca de él de un pinche pedazo de destino seguro. Aquí no hay glamur, esta es una historia sorda, sin chiste, sin grandes criminales ni espectaculares persecuciones. Así son mis historias. El crimen está en la calle, en calles como estas y los criminales en otras calles donde se fraguan destinos a costa de otros destinos, como el de ese hombre en camioneta que vende fierros viejos en un puesto callejeroo el de ese raído sombrero de palma que gira a ambos lados para pasar al otro lado de la calle.

Alcanzo a ver una puta que contacta un cliente en la esquina de enfrente . Los Bukis sufren como condenados en la sinfonóla. Pido otra torta y otro refresco, hace tantoncalor. Veo a Rigo cruzar la calle hacia la lonchería…

Publicado en la revista Xilote en enero del 2001. Un año antes de que falleciera nuestro querido amigo y maestro Agustín Cortés Gaviño...

   

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Acerca de Xilote

Xilote es una palabra de orígen nahuatl que significa cabello de maíz, es la flor de la mazorca, también es un grupo cultural y una revista de literatura, arte y música andina. La Finalidad del grupo es la difusión de la cultura latinoamericana, así como el trabajo propio y el de nuestros colaboradores.
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